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El día es soleado y caluroso. A la puerta de un colegio de primaria en Malibú, California, un grupo de niños se apiña alrededor de una mesa a la sombra del edificio. Se les oye gritar emocionados: «¡Sandía!, ¡mandarina!, ¡plátano! ¡Los más saludables del mercado!». Sobre una mesa, cubierta por un impecable mantel blanco, un gran letrero multicolor, pintado a mano, anuncia «polos a 1 dólar».

Como cada semana, se está organizando la venta de polos de sabores de los viernes en la escuela de primaria Juan Cabrillo, a cargo de los 10 alumnos de quinto grado que forman el Club de la Paz. Una niña se sienta en el centro del banco con la caja del dinero. Es la tesorera, y la encargada de entregar el cambio a los niños, maestros y padres que los rodean. De vez en cuando, un niño abre la hielera y saca el polo del sabor requerido.

El Club de la Paz lo forman un grupo de niños que recaudan fondos para proyectos de ayuda a los demás. «No solo nos reunimos y hablamos sobre la paz, ―dice Zoe Langley, la maestra que lo organiza―. Hacemos cosas prácticas para ayudar a personas sin vivienda, el hambre, la enfermedad y el cuidado de los veteranos. Más que centrarse en los problemas, este club se ocupa en buscar soluciones. Queremos ayudar a las personas que son menos afortunadas que nosotros».

«Son niños muy listos», continúa Zoe. «Están muy involucrados en diferentes formas de ayudar a la sociedad y al mundo. Cada año tenemos un grupo diferente de estudiantes de quinto grado. Informamos a los padres de sus propuestas y las promocionamos con diferentes videos y charlas. Toda la escuela participa».

Zoe tiene claro que la venta de polos pretende algo más que recaudar fondos. «Queremos empoderar a los niños y darles valor y esperanza, porque están creciendo en un mundo muy caótico. Con esta iniciativa, aprenden a apoyar una buena causa y a marcar una diferencia. La primera vez que pensé en un Club de la Paz fue hace cuatro años, en el Día de la Paz. Recuerdo que vi una entrevista con Prem Rawat ―Fundador de la Fundación Prem Rawat―, en la que dijo que “todos podemos ser embajadores de la paz”. Pensé: ¡Verdaderamente, tiene razón! Niños, adultos y cualquier persona  puede ser un embajador de la paz».

Zoe quería que el Club de la Paz fuera una herramienta de aprendizaje para fomentar la empatía y la compasión. Está muy contenta porque los niños que participan lo hacen siempre de forma muy entusiasta y aportando multitud de ideas.

«Queríamos ayudar contra el hambre en el mundo, así que elegimos la TPRF por su programa Food for People (Alimento para la gente, FFP) que facilita tierra para el cultivo, organiza la cocina, dota las instalaciones con equipamiento, enseñan a mantenerlo limpio, y sirven comidas ―de modo que es sostenible―. Hay otros programas sin ánimo de lucro, pero a menudo la gente recibe una caja de arroz o una bolsa de harina, y eso es todo. La ayuda del FFP es sostenible en el tiempo y eso es lo que les interesa a los niños. Les mostramos un breve video de la granja, la cocina, y las personas que ayudan en las instalaciones y les encanta esa idea. De este modo los alumnos y los profesores ven a dónde va a parar el dinero». 

Los miembros del Club de la Paz deciden quién recibirá los fondos, e informan a todos acerca de las razones que les mueven a recaudar ese dinero. El 10 de mayo Zoe mandó un cheque por correo al FFP con los 700 dólares que el club ha recaudado en este año.

Además de su contribución al FFP, los niños también enviaron un cheque a un grupo de veteranos en Los Ángeles, ayudaron a la investigación del cáncer en el Hospital Infantil Saint Jude, cocinaron pasteles de manzana y pan de maíz para los sin techo, compraron árboles frutales para la escuela, ayudaron a niños que no podían pagar los materiales escolares, ayudaron a sufragar la excursión de la escuela y el campamento y recaudaron fondos para construir una escuela en un pueblo de Etiopía.

«¡Ayudar a los demás nos gratifica mucho!, ―dice Zoe―. Nuestra meta para el futuro es llegar a más personas».

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